Cacalotán
De los pueblos de la sierra rosarense, Cacalotán es el que más retrata la vida rural en tiempos de la colonia. Su apariencia de pueblo minero olvidado como otros por el progreso y la modernidad, lo hacen conservar ese encanto de una villa tranquila. Cuando se introduce al poblado percibe esa sensación de acudir a una cita con el pasado. Desde la entrada, los callejones empedrados que conducen al centro del poblado muestran un paisaje pintado de nostalgia. Manadas de burros merodean el camino que lleva al centro del poblado y las casas viejas de teja le dan ese toque interesante común en todos los rincones mineros de Sinaloa. Posteriormente, con el auge de la producción mezcalera, Cacalotán fue un importante centro abastecedor y productor de licor de agave al construirse una hacienda dedicada a procesar todo el agave sembrado en los lomeríos que todavía a mediados del siglo pasado le dieron el sustento a las familias del lugar. De esa bonanza del mezcal solo quedan ruinas del casco de la hacienda y parte de los instrumento utilizados en la molienda que se exhiben en la plaza principal. Alrededor de esta plaza, el templo, sus viejas mansiones y el cobertizo donde el sacerdote Francisco de la Parra y el General José María González Hermosillo convocaron a la gente para apoyar la guerra de Independencia, reconstruyen parte de ese pasado que engancha a los viajeros atraídos por el conocimiento de la historia.