San Ignacio Señorial
Asentamiento colonial de aproximadamente seis mil habitantes y cabecera del municipio con el mismo nombre. Está situado a cien kilómetros del puerto de Mazatlán a una altitud de 500 metros sobre el nivel del mar. Los cronistas de la región coinciden en que esta población fue fundada en el año 1627 por el capitán Diego de González y se le denominó San Ignacio de Loyola a iniciativa de los misioneros jesuitas Gonzalo de Tapia y Martín Pérez, que quisieron honrar la memoria del santo fundador de la Compañía de Jesús y dejar testimonio de su tarea evangelizadora por el territorio de la entonces Nueva Galicia. Desplazarse a la villa de San Ignacio por carretera es una experiencia por demás interesante. Si viene del norte o del Sur se toma la carretera libre México 15 para llegar al cruce con el poblado de Coyotitán, donde se entronca con la carretera vecinal que termina justamente en este típico pueblo perdido entre las faldas de la imponente Sierra Madre Occidental. Por el recorrido que marca al inicio una distancia de 33 kilómetros se observa un bosque de selva baja caducifolea que durante el verano semeja una inmensa alfombra verde bajando y subiendo los cerros que paradójicamente cambian su follaje a tonalidades grises, secas cuando regresan los meses de estiaje. Después de transitar unos 20 minutos por el serpenteado camino asfaltado, del lado derecho antes de llegar a San Ignacio, se observa una colina de extraña presencia que en la parte más alta alberga una vieja cripta que la gente identifica como " La Capilla del Diablo". La tradición oral cuenta que de este lúgubre montículo se desprende una macabra leyenda que en las noches de luna o con tormentas eléctricas reviven aquel trágico final en torno al acaudalado comerciante Don Bernardo Escoboza, cuyos restos y de algunos descendientes reposan en este lugar desde el siglo XVIII, tras un supuesto pacto con el mal . A escasos doscientos metros se divisa el caserío del poblado y el majestuoso arco que desde tiempo atrás le da la bienvenida a residentes y turistas que llegan y regresan atraídos por el encanto de la villa y sus paisajes del río y las montañas que le dan esa apariencia de una población amurallada. Desde la entrada al poblado se percibe esa sensación de calma, muy común en todos los rincones del México de la colonia. Casas de teja y fachadas uniformadas con colores que retratan sus tradiciones y costumbres. Calles empedradas y adoquinadas por donde transitan rústicos tranvías cargados con familias campesinas que al amanecer bajan a abastecerse de víveres para emprender por la tarde el camino de regreso a las montañas. El centro histórico conserva fielmente los años de bonanza derivado del auge y explotación de las minas de oro y plata..Caminar por sus calles y callejones permite asomarse a sus viejas casonas con balcones y portales interiores para conocer el estilo de vida de las familias acomodadas durante los siglos XVIII y XIX. En el mismo cuadro se encuentra el Templo dedicado a San Ignacio de Loyola, cuya construcción se inició en el siglo XVII y existe un Museo donde se exhiben objeto asociados con las actividades económicas y que son parte de la memoria histórica de este legendario lugar.